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“Escribir para no desaparecer”: Un Grito en París de Daniel Mejía Lozano resuena en Barcelona

25 de mayo, 2026

Barcelona no suele ser un lugar neutral para la literatura. Aquí, donde el pensamiento editorial ha dialogado históricamente con la política y el exilio, «Un Grito en París» del periodista, Daniel Mejia Lozano, publicado con la editorial española Círculo Rojo, encontró el eco con la influencia literaria del siglo XIX.

«Uno no escribe desde fuera del dolor», parece decir la voz que atraviesa su libro. Y en efecto, Un Grito en París no se construye como un ejercicio de observación, sino como una inmersión. Narrado en primera persona, el texto disuelve la frontera entre autor y testigo. Mejía Lozano no describe el exilio: Lo habita. No analiza el poder: Lo confronta, lo recuerda también cómo lo vivió Victor Hugo o Balzac, hace evidente el vínculo del exilio con la literatura y su valor profundo para la historia contemporánea.

La biografía de Daniel Mejía Lozano no puede separarse de su escritura: ambas avanzan como una misma línea de tensión entre la vida y el lenguaje. Periodista formado en la Universidad Jorge Tadeo Lozano y hoy autor de Un Grito en París, ha construido una obra donde la no ficción se convierte en territorio literario, atravesado por un realismo dramático y profundamente humanista.

En sus páginas —donde aparecen figuras como José Luis Rodríguez Zapatero junto a otros líderes iberoamericanos— lo íntimo y lo político se entrelazan con una densidad testimonial poco habitual. Sobreviviente de atentados en Colombia y excandidato al Senado, su trayectoria está marcada por la exposición directa al conflicto, una experiencia que redefine su voz narrativa desde el exilio en Francia, donde reside desde 2022. Con presencia en medios internacionales como France 24, CNN y RFI, y distinguido en 2025 con la carta de ciudadano de París otorgada por Anne Hidalgo, Mejía Lozano encarna una figura singular: La de un autor que no escribe sobre la historia, sino desde dentro de ella, convirtiendo su obra en un cruce urgente entre literatura, poder y memoria contemporánea.

Literatura como estructura de lo real

En esa decisión narrativa reside una de las claves de la obra. Lejos del reportaje tradicional, el autor se aproxima a una tradición literaria que remite a Victor Hugo y Honoré de Balzac, donde la realidad no es solo contexto, sino materia narrativa. Como en el siglo XIX, los personajes no son invención: son encarnaciones de conflictos.

Así, en las páginas de Un Grito en París, las figuras políticas dejan de ser nombres propios para convertirse en símbolos de estructuras más amplias. El expresidente Ernesto Samper Pizano aparece no solo como interlocutor, sino como portador de una memoria que aún respira en los márgenes del poder. «El poder nunca abandona del todo los lugares que habitó», se sugiere en uno de los pasajes más densos del libro, donde la conversación se desliza hacia los silencios que rodean la historia reciente.

Pero no es el único. Voces de distintos niveles —incluidos expresidentes de Colombia, España y Ecuador— atraviesan el relato como fragmentos de una verdad incompleta. No hay respuestas definitivas. Hay tensiones.

El exilio como experiencia total

Si el poder es uno de los ejes del libro, el exilio es su núcleo emocional. Desde París, ciudad que en la obra deja de ser geografía para convertirse en estructura simbólica.

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“Europa te recibe, pero no necesariamente te escucha”, podría resumir una de las líneas que atraviesan el texto. En ese sentido, la obra no romantiza el exilio. Lo expone en su crudeza: como fractura, como pérdida, pero también como espacio de lucidez.

La presencia de figuras como la activista y cantante española Cristina del Valle aporta una dimensión ética al relato. «El silencio también es una forma de violencia», se plantea en una conversación que tensiona la relación entre arte y compromiso. A su vez, el cantante Jerau introduce una mirada más íntima: «Uno carga su país incluso cuando ya no vive en él».

En ese entramado, la cineasta Aurelia Khazan aparece como una figura casi espectral, donde imagen y palabra se confunden, mientras que testimonios como los de Rocío Ortega y Yesenia Martell irrumpen desde América Latina con relatos que no buscan representación, sino resistencia.

Daniel Mejía Lozano: Una voz en construcción

Hay, sin embargo, un elemento que atraviesa todo el libro: la presencia constante de Daniel Mejía Lozano como sujeto narrativo. Su formación como periodista —marcada por el rigor investigativo— no desaparece, pero se transforma. Aquí no hay distancia objetiva. Hay implicación.

Esa decisión sitúa su obra en un lugar particular dentro de la no ficción contemporánea: un espacio donde el autor no solo cuenta la historia, sino que se expone en ella. En esa exposición radica tanto la fuerza como el riesgo del libro.
Reconocido en 2025 con la Carta de Ciudadano de París por la alcaldesa Anne Hidalgo, Mejía Lozano ha construido una trayectoria que combina periodismo, geopolítica y literatura. Pero es en Un Grito en París donde esa combinación alcanza su mayor intensidad.

Barcelona como punto de partida

La presentación en Barcelona no fue un cierre, sino un inicio. La gira europea que se extiende durante junio proyecta la obra hacia nuevos públicos, pero también refuerza una idea: que la literatura sigue siendo un espacio de confrontación.
En el diálogo, moderado por Thaís Armengol y acompañado por la escritora Mariana Reyna Ortega, emergió una tensión productiva entre dos formas de entender el presente: la construcción del individuo y la fractura de las estructuras.
Pero fue la voz de Mejía Lozano la que sostuvo el eje del encuentro. Una voz que no busca consenso, sino incomodidad. Que no ofrece respuestas, sino preguntas.

Al final, lo que queda no es solo un libro, sino una postura: escribir como acto de resistencia. Escribir —como sugiere el propio título— no para explicar el mundo, sino para gritarlo.

La cineasta francesa Aurelia Khazan, reconocida por una trayectoria que cruza actuación, dirección y escritura en el cine independiente, es la prologuista de la versión francesa de Un Grito en París, un papel que sintetiza el núcleo de su búsqueda artística. Formada entre Francia y la India, su obra ha explorado de manera constante las fronteras emocionales, culturales y existenciales, una sensibilidad que encuentra un eco directo en el libro del periodista colombiano Daniel Mejía Lozano. Como prologuista, Khazan no se limita a introducir el texto: lo interpreta, lo traduce simbólicamente y lo sitúa en un marco más amplio, donde las experiencias de migración, desarraigo y resiliencia adquieren una dimensión universal. Su voz, marcada por el diálogo entre culturas, convierte el prólogo en una extensión del propio relato, reforzando el carácter humano y testimonial de la obra.